La hora crítica en que es demasiado pronto para haber comido, demasiado tarde para llegar a casa en medio de un prolongado trayecto. El metro, descenso a los infiernos en medio de largos pasillos de azulejos rectangulares y blancos, reminiscencia de refugios antiaéreos y escala interminable de escalera sucias o mecánicas.
Los vagones de asientos frente a frente, un bebé maravilloso, tanta inteligencia y belleza, una absoluta capacidad de exploración, conocimiento, juego y comunicación, la mezcla de sorpresa y emociones en su pequeño rostro, la luz de sus ojos, hace que la mayoría de los pasajeros se le queden mirando y algunos hasta intenten hacerse cómplices de tal regalo.
Unos suben, otros bajan, ahora se atesta el vagón. El bebé se toca la oreja y el pelito y señala somnoliento la escena cómica que componemos tantos adultos agitados y cansados, ya tiene sueño y no le interesamos tanto. Adiós bebé que bajas en la siguiente estación.
Sube una chica que habla demasiado por el móvil, aferrada a él como escudo, usando expresiones y términos ampulosos, risa fuerte y gruesa, casi parece borracha por el tono de voz y la risa, sólo pretende asegurar al espectador que es toda una mujer independiente y segura de si misma. Vale, a nadie le importa demasiado pero si resulta molesta tanta charla en tono de altavoz conectado y decibelio en ristre, aunque ella no parará de hablar, da igual todas las estaciones que le echen y encima ha tenido la suerte de que en esta zona no ha dejado de haber cobertura.
Se abren las puertas y la joven es sustituida por un joven flaco que sostiene un acordeón rojo que expande y contrae sin compasión en un moribundo remedo de "Bésame, bésame mucho ..." Roto, desacompasado, huidizo, magullado, imposible y casi desconocido.
Allí, sentados, dos viajeros intentan seguir durmiendo ante tal estruendo en cualquier otro día, un día más en la ciudad subterránea en dónde nos perdemos después.