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domingo, 17 de junio de 2012

Semáforo

Entre los coches, sonrisa desvencijada en una mueca tatuada al aire de las mañanas, al sol de los mediosdías, al frío y al calor de los elementos del aire. Siempre busca entre las miradas perdidas detrás de parabrisas en un experto reconocimiento las caras casi seguras de su clientela más habitual, Hoy no llevo, mañana sí, seguro. La crisis se va notando cada vez más y ya no baja la ventanilla casi nadie. Los de los cochazos nunca lo hicieron.

domingo, 10 de junio de 2012

Terminal

El cansancio de la espera en la sala de la terminal, tras largos días de esfuerzo extraordinario y largas horas de trabajo feroz en lugares ajenos y alejados.

Momentos de compañerismo y risas, de anécdotas y confesiones quedan ahora mudos y olvidados en el agotamiento del todo dicho y el límite del cuerpo al cansacio.

Noches de magia robadas al sueño para prolongar la diversión y la complicidad en barras de alterne, clubes, y pubs. Todo eso ya no vale ahora en este instante en que el fin ha llegado y el regreso es el único anhelo.

Demasiado alcohol, demasiadas risas, demasiado tabaco, demasiado tiempo para aguantar más. Dormiré en el avión.

Bésame Mucho ...

La hora crítica en que es demasiado pronto para haber comido, demasiado tarde para llegar a casa en medio de un prolongado trayecto. El metro, descenso a los infiernos en medio de largos pasillos de azulejos rectangulares y blancos, reminiscencia de refugios antiaéreos y escala interminable de escalera sucias o mecánicas.

Los vagones de asientos frente a frente, un bebé maravilloso, tanta inteligencia y belleza, una absoluta capacidad de exploración, conocimiento, juego y comunicación, la mezcla de sorpresa y emociones en su pequeño rostro, la luz de sus ojos, hace que la mayoría de los pasajeros se le queden mirando y algunos hasta intenten hacerse cómplices de tal regalo.

Unos suben, otros bajan, ahora se atesta el vagón. El bebé se toca la oreja y el pelito y señala somnoliento la escena cómica que componemos tantos adultos agitados y cansados, ya tiene sueño y no le interesamos tanto. Adiós bebé que bajas en la siguiente estación.

Sube una chica que habla demasiado por el móvil, aferrada a él como escudo, usando expresiones y términos ampulosos, risa fuerte y gruesa, casi parece borracha por el tono de voz y la risa, sólo pretende asegurar al espectador que es toda una mujer independiente y segura de si misma. Vale, a nadie le importa demasiado pero si resulta molesta tanta charla en tono de altavoz conectado y decibelio en ristre, aunque ella no parará de hablar, da igual todas las estaciones que le echen y encima ha tenido la suerte de que en esta zona no ha dejado de haber cobertura.

Se abren las puertas y la joven es sustituida por un joven flaco que sostiene un acordeón rojo que expande y contrae sin compasión en un moribundo remedo de "Bésame, bésame mucho ..." Roto, desacompasado, huidizo, magullado, imposible y casi desconocido.

Allí, sentados, dos viajeros intentan seguir durmiendo ante tal estruendo en cualquier otro día, un día más en la ciudad subterránea en dónde nos perdemos después.