Ambulancia amarilla, autobuses verdes, zonas residenciales y aceras de terrazas veraniegas adelantadas, una tras otra, combatiendo sed, calor y ganas de volver a vivir retomando la calle.
Franquicias de restauración, pisos y chaletes de ladrillo visto flanqueados de remedos de naturaleza recortada. Rojas marquesinas resguardan pacientes pasajeros cansados del día que acaba o empieza.
Llegar a casa mientras recuerdo el día. Tantos intentos de llamar mi atención pero siempre me escapo. Hace tiempo que he aprendido el arte de poner el automático cortésmente y seguir pensando en mis cosas.
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miércoles, 13 de junio de 2012
20:47 29º
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jueves, 3 de mayo de 2012
Desvelando la Ciudad
Antes del desvelo, revelo mi desnuda estructura librándola de artificio, bagaje, recuerdo.
Sí, el abuso del recuerdo para fingir el presente. La representación del presente para perpetrar inutilmente el futuro.
El mundo devorando cronos, los amaneceres gestados de las noches en madrugadas despertadas a golpe de despertador y ritos adormilados sobre mesillas de noche, no sabía que las había de día Chiquito dixit.
Después del puente, el que lo haya tenido, ofrecemos más resistencia al lunes, somos menos dúctiles, estamos más deseosos de escaparnos cuanto antes.
Autopistas de brillantes escarabajos brillando bajo la contaminación de la mañana, largas avenidas de árboles horrorizados y mudos sin saber que es un bosque.
Tantos, tantos desconocidos, tan poco, poco tiempo para alcanzar a vernos.
Pasos apresurados para llegar antes ¿adónde?
Angustia del alma que no puede ser engañada en mecanismos engranados y reductores de cerebros, prensa y vidas de usar y tirar, televisión adormecedora de iniciativas, creadora de tendencias.
Esto es lo que esta pasando en ninguna parte.
Matrix o Madrid es demasiada coincidencia.
Sí, el abuso del recuerdo para fingir el presente. La representación del presente para perpetrar inutilmente el futuro.
El mundo devorando cronos, los amaneceres gestados de las noches en madrugadas despertadas a golpe de despertador y ritos adormilados sobre mesillas de noche, no sabía que las había de día Chiquito dixit.
Después del puente, el que lo haya tenido, ofrecemos más resistencia al lunes, somos menos dúctiles, estamos más deseosos de escaparnos cuanto antes.
Autopistas de brillantes escarabajos brillando bajo la contaminación de la mañana, largas avenidas de árboles horrorizados y mudos sin saber que es un bosque.
Tantos, tantos desconocidos, tan poco, poco tiempo para alcanzar a vernos.
Pasos apresurados para llegar antes ¿adónde?
Angustia del alma que no puede ser engañada en mecanismos engranados y reductores de cerebros, prensa y vidas de usar y tirar, televisión adormecedora de iniciativas, creadora de tendencias.
Esto es lo que esta pasando en ninguna parte.
Matrix o Madrid es demasiada coincidencia.
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lunes, 5 de marzo de 2012
Electrónicos
Largos pasos sobre el gris ceniza de esta ciudad saturada, miedo pánico de un inconsciente atrapado, cámaras ocultas vigilan posibles, plausibles amenazas para su detección y cometido. Placas, perros, uniformes, porras, armas, pasos estrechados que te abocan al suicidio en un contenedor estanco, reciclabe para la sociedad, siempre puedes reanudar el camino de la correción, siempre triunfan los buenos, gran e infinita bondad de las buenas personas. Nada más peligroso.
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sábado, 3 de marzo de 2012
Primavera a la Madrileña (desde el locutorio)
Una inevitable primavera contagiosa me ha invadido hoy.
Deambulo, más bien vago, por Madrid. Desorientada, buscando a base de preguntas mis destinos al principio, pero desde hace unas dos horas simplemente por el placer feliz de ver, pasear y sentirme viva. Qué bueno es perderse con uno mismo de todo lo preestablecido y que automáticamente manda en nuestras vidas. Fuera planes, costumbres y relojes.
Calle Toledo arriba, cruzando, calles, callejones, quiebros, cambios de ritmo. Paro. Continúo.
Colegiata y aledaños: hermosos retazos del pasado, edificios antiguos de historias perdidas.
Desemboco en Tirso de Molina en una explosión de los sentidos. Sale a mi encuentro un perro bicefalo tal vez escapado del averno hasta este momento paradisíaco cuando la luz de las dos y media de la tarde embriaga los colores y la piel siente la tibieza de una temperatura que invita a vivir plenamente. Resuena el cante flamenco. Allí unos están sentados. Otros, muchachos adolescentes, juegan y compiten sobre un columpio infantil. Sólo unos pocos consumen sentados en terrazas de bares.
Las flores salpican, esmaltan, cuajan, asaltan la plaza en puestos abigarrados de colores, tantos como las pieles de todas las personas que estamos en la plaza, tantos como la vida con la que invadimos este instante.
Bajo callejeando en medio de pequeñas tiendas y locales con nombres: chinos, indios, latinos, marroquíes, libaneses. Mezclas afro-mex, latino-hindú, chino-marroquí de fascinante e insólita mezcolanza. Nada es imposible en este Madrid que hoy parece un acogedor pueblo invitando a que lo habiten.
Llego hasta Embajadores y me siento en una marquesina de cualquier autobús mirando la luz y el agua de la fuente. Siento una inmensa paz casi un estado de bendición de no esperar autobús alguno, no tener que ir a ninguna parte. Ser el tiempo en lugar de tenerlo. Sólo mirar, estar, andar cuando y como guste.
Ahora de pie, miro a dos jovenes girovagos alrededor de palomas en rebaño andarín alrededor del que repiten, una, otra vez, sus círculos. Primero uno. Luego el otro. Distraigo mi atención un segundo y ya han cruzado la calle sujetando con disimulo una paloma mientras van quitando ya algunas plumas para adelantar el trabajo. Buen provecho.
"Ay Dios, que me va a dar un infarto que se me esta calambrando la lengua ... Deme esas dos bandas de costillas. Ese hombre, pa' mi que estaba mal de la cabeza... ella, ella... pa' mi que estaba mal de la cabeza...Me dijeron, Altagracia ¿que tú quieres trabajo? Ay mamá, que tu me estas diciendo que yo busque trabajo..." se escucha en el locutorio.
Atardeciendo, en Tirso de Molina alguien sigue cantando jondo.
Deambulo, más bien vago, por Madrid. Desorientada, buscando a base de preguntas mis destinos al principio, pero desde hace unas dos horas simplemente por el placer feliz de ver, pasear y sentirme viva. Qué bueno es perderse con uno mismo de todo lo preestablecido y que automáticamente manda en nuestras vidas. Fuera planes, costumbres y relojes.
Calle Toledo arriba, cruzando, calles, callejones, quiebros, cambios de ritmo. Paro. Continúo.
Colegiata y aledaños: hermosos retazos del pasado, edificios antiguos de historias perdidas.
Desemboco en Tirso de Molina en una explosión de los sentidos. Sale a mi encuentro un perro bicefalo tal vez escapado del averno hasta este momento paradisíaco cuando la luz de las dos y media de la tarde embriaga los colores y la piel siente la tibieza de una temperatura que invita a vivir plenamente. Resuena el cante flamenco. Allí unos están sentados. Otros, muchachos adolescentes, juegan y compiten sobre un columpio infantil. Sólo unos pocos consumen sentados en terrazas de bares.
Las flores salpican, esmaltan, cuajan, asaltan la plaza en puestos abigarrados de colores, tantos como las pieles de todas las personas que estamos en la plaza, tantos como la vida con la que invadimos este instante.
Bajo callejeando en medio de pequeñas tiendas y locales con nombres: chinos, indios, latinos, marroquíes, libaneses. Mezclas afro-mex, latino-hindú, chino-marroquí de fascinante e insólita mezcolanza. Nada es imposible en este Madrid que hoy parece un acogedor pueblo invitando a que lo habiten.
Llego hasta Embajadores y me siento en una marquesina de cualquier autobús mirando la luz y el agua de la fuente. Siento una inmensa paz casi un estado de bendición de no esperar autobús alguno, no tener que ir a ninguna parte. Ser el tiempo en lugar de tenerlo. Sólo mirar, estar, andar cuando y como guste.
Ahora de pie, miro a dos jovenes girovagos alrededor de palomas en rebaño andarín alrededor del que repiten, una, otra vez, sus círculos. Primero uno. Luego el otro. Distraigo mi atención un segundo y ya han cruzado la calle sujetando con disimulo una paloma mientras van quitando ya algunas plumas para adelantar el trabajo. Buen provecho.
"Ay Dios, que me va a dar un infarto que se me esta calambrando la lengua ... Deme esas dos bandas de costillas. Ese hombre, pa' mi que estaba mal de la cabeza... ella, ella... pa' mi que estaba mal de la cabeza...Me dijeron, Altagracia ¿que tú quieres trabajo? Ay mamá, que tu me estas diciendo que yo busque trabajo..." se escucha en el locutorio.
Atardeciendo, en Tirso de Molina alguien sigue cantando jondo.
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