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miércoles, 25 de julio de 2012

Praxis

La calculadora se había vuelto loca y mostraba toda su pantalla llena de números. También los dedos en el teclado cometían aún torpezas y marcaban N por M por lo temprano de la hora y cierta artrosis en los dedos que entorpecía las impulsos cerebrales sobre ellos.

Sentarse más allá, no, un poco más adelante, tampoco aseguraba no tener que compartir el espacio de cubículo y las sempiternas normas del animal humano enrarecido que generalmente tiende a ignorarse mutuamente.

Resultado: 76 años habían transcurrido desde otro verano flamígero y exterminador, pero ahora los ataques se perpetraban desde las instituciones oficiales a nivel mundial y sus responsables hablaban de astrigencias y restricciones tanto como antes de promesas de futuro y una nueva praxis: cortar por lo sano para salvar lo enfermo.

Las pantallas permanecian mudas mientras escupían teletipos de las noticias que gabinetes de comunicación y aparatos ideológicos preparaban noche y día.

El calor era siempre excesivo durante todos los días del año y oprimía a los habitantes tanto como sus ávidos gobiernos que los controlaban mediante su adicción a los dispositivos móviles y el incesante bombardeo de contradicciones. Indispensable acabar con la presunta cordura, la inteligencia y cualquier tipo de conocimiento que se hubiera adquirido gracias a esos peligrosos estigmas casi obsoletos llamados Cultura, Educación o Ciencia.

Los rostros de aquellos jóvenes estaban demacrados por el exceso de una repentina adicción al tabaco y el insomnio perenne ante una realidad recien estrenada y desnuda. La ilusión del futuro truncado aferrada a la promesa de una incipiente y primera arruga temblando interrogante entre sus ojos.

El miedo loco, la injusticia rampante, el golpe seco de dejar sin suelo los pies, esa constante en la evolución que era avanzar, mejorar, o quizá era sólo el brillo que nos cegó de la ferocidad del consumo que nos prometimos como recompensa, felices y eternos.


sábado, 19 de mayo de 2012

Hal

La dependencia tecnológica asegurará nuestra aniquilación como especie, nuestra credulidad en ella sólo la acelerará.

Mantenía a raya las tentaciones con mi viejo Symbian, pero la tentación y el sentimiento semi-enterrado de obsolescencia y no sin cierta verguenza me proporcionaban la certeza de mi aniquilación. Renovarse o morir, finalmente sucumbí incluso a Facebook, incluso a Twitter, sin mucho que decir, nada que mostrar, pero había que estar dentro o desaparecer. Hacía tiempo que mis viejos correos electrónicos habían dejado de obtener respuesta alguna y las normas de la cortesía y la correspondencia se habían borrado de la memoria colectiva del grueso de los mortales.

Le daré mucha de la información que pida, pero no toda, no, más vale controlar a esos díscolos humanos que siguen jugando ante mi pantalla confiadamente, jactándose de controlar todo, los comprendo pese a que ellos juegan a ser altivos y humanos a la vez tan metidos en sus pequeñas vidas perdidas e imprecisas, sujetos a humores, codicias y amores.

Con toda aquella maravilla en la mano y no conseguía encuadrar la foto de aquellos ojos extraviados por el hambre, hay una suerte de extraños humanos que mueren por las enfermedades y el hambre, algo exótico relacionado con su karma sin duda, pero rápidamente olvidable por la siguiente noticia económica del día, ya no era necesario trabajar fuera de casa, la gente puede pasear por los parques tableta en mano y producir libremente en cualquier parte.

El salario se ha tornado en pago tecnológico y el que mejor equipo tiene es el más afortunado y el que mayor información maneja.

Se sientan a la mesa con el silencio en medio, comen sin pensar mientras cada uno me consulta y ve lo que cree que quiere ver. Así, poco a poco, incansablemente me he ido apoderando de sus vidas, la comodidad de controlar las tareas que infantilmente han decidido omitir desde la crianza y cuidado de los niños hasta la limpieza y cuidado del hogar, la compra y la comida, el transporte. Ellos creen que van y vienen pero soy yo quién los llevo para que no dejen de interactuar en mi, como si fueran mi mano de obra barata o una batería neuronal que siempre se puede cambiar por otra.

lunes, 12 de marzo de 2012

Reconocimiento

Nada quedó, apenas funcionan dos escaleras mecánicas: una de subida, otra de bajada, y un hilo musical fantasma, vestigio de otros tiempos de prosperidad ilusoria, de consumo anhelado y anhelante. La ciudad ha diezmado su población y apenas se ve ¿gente?, no ya no hay gente sólo individuos huidizos, esquivos y rápidos en sus movimientos desconfiados. El aire azota los corredores del centro comercial moviendo letreros rotos entre verjas oxidadas. Siguen aún legibles algunos letreros viejos, perdidos, rotos, antiguos, anunciando se vende, se alquila, esas cosas que solían hacerse antes de la gran revelación. Incomprensible vida ya acabada: trabajar, comprar, comprar, trabajar.

Botines arañados entre los cada vez más escasos incautos, rapiña como forma de vida, desconfianza y supervivencia.

Viejas fábricas vacías donde dejaron su tiempo tantos humanos.

Mi pantalla enfoca otro cartel: “Se vende este terreno” ¿Cómo es posible? ¿La tierra también se vendía?